Querida hija:
Es agosto de 2026 y me he puesto a escribirte cartas para calmar mi tempestad interior. Has estado triste y yo desolada. No has vuelto a dormir en tu habitación; te has instalado en la mía. Tenemos un nuevo ceremonial, leemos una al lado de la otra, hasta que los ojos tuyos se cansan y entonces apago la luz para acunarte con todo mi cuerpo y ayudarte a descansar.
Agosto nos encuentra de esta manera porque julio nos dejó malheridas. Te lo explico con una palabra preciosa del idioma alemán: Lebensmensch. No tiene traducción exacta al español. Significa “persona que ocupa un lugar vital, único y duradero en tu existencia”.
En julio supe que los sentimientos de mi Lebensmensch habían cambiado. Quizá llevaba días o semanas sintiéndolo y madurándolo en silencio. No lo sé. Habló de un abismo, instaló la incertidumbre y nuestro andamiaje de las alegrías, los compromisos y los sueños comenzó a desplomarse. Intenté evitarlo: abrí todas las puertas y ventanas, ofrecí alternativas, sugerí soluciones, procuré darle tiempo a lo construido. Finalmente, entendí que no es posible persuadir a nadie de que te quiera ni convencerlo de que se quede; hay que saber perder.
A cambio de dos gotas de paz, renuncio a entender cuándo, porqué o cómo sus afectos hicieron la maleta y partieron en el primer vuelo hacia Nunca Jamás. Arrojó dos cofres repletos de amor al Mediterráneo. Tengo el corazón hecho añicos, porque déjame decirte, hija, que sí se rompe, y duele el pecho, duele el alma, cuesta levantarse y volver a caminar.
Vos en tu cabeza estás rumiando pensamientos, analizás, sacás conclusiones. Tu aguda inteligencia me asombra. Me preguntás por qué no quiso ser tu “papá bueno”, y me escuece porque yo allané el camino para que él formara parte de tu vida. Confié en una relación de siete años y en promesas acompañadas de decisiones concretas. No fue una fantasía, fue real. Lo que no pude prever fue que retiraría su voluntad.
La culpa no es tuya pequeña. No hiciste nada para provocar esta pérdida. Pudo haber influido el miedo, el orgullo, lo no dicho a tiempo, la frustración, el enojo, el cansancio o un cambio genuino de sentimientos.
A veces hay personas que escapan de su angustia inmediata destruyendo algo valioso. Y es que nos han hecho creer que si una relación se vuelve difícil, estamos con la persona equivocada, que las diferencias son incompatibilidad, que los errores nos definen o que una discusión es motivo para irse. Pero hija, no hay amor sin conflictos, ni conversaciones difíciles. El amor requiere esfuerzo y reparación.
Yo estuve dispuesta a perdonar y a recomponer. Lo que cualquiera haría por su Lebensmensch. Creo que amé sin medida y cuando pienso en la vida que tenés por delante deseo que vos amés profundamente, pero sin perderte.
Ahora queda transitar el duelo y el llanto, los cinco océanos de lágrimas que he vertido y otras tantas tuyas. Para ordenar el caos, mi sollozo tiene horario: todas las horas en que no estás. Cuando se desborda e incumple la agenda, me abrazás, me besás y me invitás a respirar hondo. Pero te recuerdo una vez más que no es tu cometido arreglar los pesares de mamá, ni paliar mi melancolía.
Vos seguís siendo una niña que va a la escuela, juega, sueña, disfruta de sus amigas, de sus actividades recreativas y deportivas y siempre irradia luz.
Aunque este desconsuelo me está atravesando con una hondura que doblega, habrá de terminar, recuperaré serenidad, vos también, y verás que aún rota, una se puede levantar, seguir adelante y restaurar su corazón.
Siento mucho, tesoro, que los cantos de sirena también te hayan cautivado. Las promesas de aquella vida unidos sumando 1+1+1 nos sedujeron a las dos. Nuestra tarea hoy es aprender a despedirnos de lo que amamos. Sé que sufrís, claro que lo sé. Pero también sé que poco a poco iremos encontrando el camino de regreso.
Esta noche, cuando oremos, lo haremos con palabras de Gabriela Mistral: “Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida para un nuevo avance”.
Siempre a tu lado, amándote con todo mi imperfecto ser,
Mamá.
