Estos días esta pregunta me parece demasiado grande, gigantesca. En apariencia es una pregunta sencilla, pero en realidad obliga a un resumen de lo que una lleva adentro.
Me criaron con el mandato de que la respuesta correcta es “bien” y de ser posible una hipérbole:“¡Mejor que nunca!”, “¡Genial!” o “¡Mejor imposible!”. Son contestaciones para mostrarse agradecida, fuerte y por supuesto positiva, nunca vulnerable. “Bien” es una contraseña social, una cortesía. Lo importante, entonces, no es cómo una esté, sino no incomodar a los demás.
Pero resulta que en los momentos difíciles “bien” es una palabra muy pequeña para decir la verdad o para ocultarla. “Bien” es incoherente, es traicionarse. Sin embargo, ser sincera me deja quizá muy expuesta y es muy largo, doloroso e íntimo. Estoy atrapada entre una falsedad breve y un relato que excede la conversación casual. Está, además, lo que mi cuerpo grita antes de que yo abra la boca: una delgadez que intento disimular bajo mis vestidos, porque no hay pantalón que se sostenga en mis caderas.
Se me dificulta responder. A veces ni siquiera sé cuál palabra escoger entre triste, decepcionada, cansada, sobreviviendo…. No soy un estado anímico único y recurro a una consigna: “un día menos para estar mejor”.
A veces la pregunta es más peligrosa, “¿Ya estás mejor?” ó “¿Ya vas levantando? Como si el dolor tuviera un plazo o existiera una respuesta correcta para demostrar avance.
Y estás vos, Amalia, que me ofrecés una pregunta concreta sin evaluación, que no me obliga a hacer un inventario de mi alma.
“Mami, ¿qué hiciste hoy?”
Eso sí lo puedo responder sin fingir, sin mostrar el estado de mis heridas: trabajé, leí, fui a una cita, lloré, te esperé. Es una pregunta que evita definir cómo estoy y me permite hablar de la vida, que incluso en medio de la tristeza, continúa sucediendo.
Y si en estos días me preguntás “¿cómo estás?” te diré que viva, no intacta, pero viva.
Siempre, mamá.
